jueves, 25 de julio de 2013

... el viento me despeina



Y tanto que despeinaba, el golpe de viento seco y ardiente cual bofetada con el que nos recibió Merzouga, nada más bajarnos de la furgoneta, era la “típica” bienvenida al lugar para todos aquellos turistas, como nosotros, que veníamos hasta la ciudad atraídos por el encanto de conocer de primera mano el desierto.

El recibimiento en Merzouga fue poco acogedor.
Aunque remontándonos unos instantes antes al momento de la bajada de la furgoneta, me gustaría comentaros como fue la llegada en sí a la ciudad de Merzouga, como os contaba ayer el ambiente estaba algo tormentoso, concretamente una tormenta de arena era el elemento sorpresa en la llegada a la última ciudad antes del desierto del Sáhara y a escasos kilómetros de la frontera con Argelia. En mitad de toda aquella tormenta y cuando en la carretera comenzaban a sucederse, cual setas en el bosque tras la lluvia, los carteles de los diferentes alojamientos que se ofertaban en la ciudad, fuente principal y me atrevería a decir que única de la economía local, un hombre ataviado con las vestimentas típicas de las tribus bereberes, que aún hoy permanecen en la zona, a lomos de su vespino roja, sí sí vespino, nos dio un saludo con la mano que nuestro chófer rápidamente supo interpretar y seguirle hasta el lugar donde habríamos de poner pie a tierra y comenzar nuestra ruta hacia el desierto.

Nuestro guía bereber ayudándome con el camello.
Volviendo al principio del relato, el clima que nos acogió a la llegada al destino final de nuestro peregrinaje fue de todo menos acogedor, un viento abrasador, que cortaba la cara, una tormenta de arena y el sonido de los truenos que amenazaban con lluvia de forma inminente, eran de todo menos buena señal para la ruta que teníamos que comenzar para adentrarnos a lo profundo del desierto. Lo primero que pensé al ver aquel panorama fue que vaya mala suerte la nuestra de ir al desierto y ponerse a llover, que teníamos que ser unos gafes para que aquello nos ocurriera, no lo dudé ni un instante y se lo pregunté a nuestro anfitrión bereber. Una vez más la sorpresa por oír hablar a un turista en su idioma le cogió desprevenido, volvimos a mantener una conversación el chófer, el guía y yo sobre los motivos por los que yo había aprendido a hablar en su lengua, pero la respuesta que me dio me dejó bastante perplejo, por lo menos con respecto a los conocimientos que yo tenía sobre el desierto.

Según me contó nuestro buen amigo en la zona en la que estábamos se repetía el mismo panorama atmosférico todos los días entre abril y octubre, al llegar las primeras horas de la tarde, el cielo se nublaba, comenzaba a soplar fuerte el viento y empezaban a formarse nubes de tormenta que, para mi sorpresa, comenzaban a descargar agua con fuerza. La verdad es que, tal vez por lo extraño de la situación o tal vez por lo impresionante de la tormenta, el momento me dejó admirado de la fuerza que la naturaleza puede desplegar en un instante, de hecho el momento en el que comenzaron a caer las primeras gotas fue bastante curioso, pues si uno se quedaba callado podía oír nítidamente el sonido de las gotas de lluvia caer en el suelo y casi al mismo instante el sonido que hace una gota de agua al evaporarse, debido a las altísimas temperaturas del suelo.
El paisaje, a pesar de lo inhóspito, era impresionante.

Era especialmente curiosa, en esos primeros instantes en la ciudad, la figura de nuestro guía local, el bereber que nos recibió en moto y con el cual nos habíamos de adentrar en el desierto. Era un hombre joven, tranquilo, sonriente y sin prisas, feliz a pesar de vivir en un rincón del mundo tan duro y alejado de cualquier comodidad o lujo. Era un hombre del desierto, con todo lo que ello conlleva: despreocupado de horarios, ajeno a las prisas y consciente de que el momento oportuno lo marca la naturaleza y no el hombre, esa puede ser la diferencia en muchos casos entre la vida y la muerte, más aún en un sitio como aquel.

Como digo sin mirar horarios, ni dejarse llevar por la impaciencia de los huéspedes recién llegados a su casa, el hombre sólo miraba al cielo para saber cuándo era el momento idóneo para comenzar la ruta en camello hacia el lugar donde pasaríamos la noche aquel día, por cierto un sitio nuevo en el que era la primera vez que habían instalado las jaimas, puede resultar extraño pero aquel hombre transmitía confianza y seguridad en todo lo que hacía y decidía.

Imagen del campamento donde pasamos la noche.
En un momento de recesión de la lluvia, el viento seguía soplando fuerte y la arena azotaba dando la sensación de que cientos de alfileres se te clavaran en la piel, el hombre entró en la casa y nos dijo que cogiésemos sólo lo imprescindible para pasar la noche y el agua que hubiésemos comprado, salíamos de inmediato. A escasos metros de su casa, ya pisando la fina arena del desierto, un grupo de siete camellos estaba esperándonos para llevarnos al corazón del desierto, la emoción aumentaba por momentos.

El viaje en camello… merecería una entrada entera para ese momento sólo, pero tampoco quiero aburrir a nadie, baste decir que es toda una odisea, empezando por el momento en el que te subes, continuando por el momento en el que se pone de pie, para los que no lo sepáis suben a la inversa, es decir, primero las patas de atrás y después las de delante, y terminando por el “vaivén” con el que va avanzando lenta pero confiadamente a través de las montañas de arena que surcaban el camino hacia nuestro campamento. Sólo diré que el mérito de los que tenían que hacer grandes rutas montados en estos animales es enorme, pues yo con dos horas de camino de ida tuve más que suficiente y al final he de reconocer que se me escapó alguna lagrimillas cuando tuve que montarme otra vez a la mañana siguiente para deshacer el camino, el motivo? Supongo que ya os lo imaginaréis.

Las panorámicas, a pesar del dolor por el paseo en camello, merecían la pena.
La verdad es que dos horas de “aventurero” paseo en camello después llegamos al campamento que nuestro guía, y sus dos acompañantes, habían dispuesto para nosotros. Un lugar sencillo, lejos de los lujos de algunos de los hoteles que habíamos visto a la llegada a Merzouga, pero desde luego mucho más auténtico, en mitad de la nada, sin un ruido ni rastro de vida en varios kilómetros alrededor, desde luego el sitio que yo iba buscando.

Allí en mitad de la nada es cuando uno puede descubrirse en la pequeñez de uno mismo y en mitad de la grandeza de una nada tan abrumadora. Yo fui allí, como mitómano de El principito que soy, en busca de un pequeño ser rubio de cabellos rizados que comenzase a cuestionarme por cosas sencillas, a veces hasta rozar la pesadez, pero a través de las cuales uno puede encontrar la dirección correcta en el camino a seguir. Yo pensaba en esta foto y en este fragmento:




Éste es para mí el más bello y el más triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior, pero lo dibujé una vez más para mostrárselos bien. Es acá que el principito apareció en la tierra, y luego desapareció.

Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella ! Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables ! No me dejen tan triste: escríbanme pronto que ha regresado...

Realmente el pequeño de bucles dorados no apareció, sin embargo a mí no dejaron de sucedérseme montones de interrogantes en la cabeza que, algún día, compartiré con todos vosotros.

Espero no haberos aburrido mucho, si ha sido que sí os pido disculpas, pero os podría estar hablando horas y horas de ese momento, ahora mismo lo revivo como si hubiese sido ayer mismo, pues en el fondo una parte de mí aún sigue allí.
 
En el fondo una parte mía se quedó allí.
Gracias a todos los que participáis, leéis y compartís el blog, es muy gratificante saber que algunos estáis contentos de que por fin me haya decidido a retomar todo esto, desde aquí mil gracias a todos.

Un fuerte abrazo para todos y SED FELICES!!!!

martes, 23 de julio de 2013

Por el camino del desierto...



Cuando ya estaba acostumbrado a despertar cada mañana con el sonido de la llamada a la oración llegó el primer día en Marruecos donde lo hice sin oír ese omnipresente Allahu Akbar matinal con el que abrir los ojos a una nueva jornada, de hecho en el corazón de la Garganta del Dades no vi ni una sola mezquita, estoy convencido de que las habría pero no eran reconocibles de lejos.

Después del desayuno, compartido con nuestros camaradas de viaje y de otros muchos que hacían la misma ruta pero con distintas compañías de viajes, comenzamos la jornada subiendo a la furgoneta “Ours Blanc” para continuar nuestro camino hacia el desierto, lugar en el que terminaríamos la jornada aquel día, haciendo las paradas marcadas en la ruta inicial del viaje.

El paisaje desde Boulmane Dades.
La primera parada del día fue Boulmane Dades, donde nuestro chófer tuvo a bien pararnos para que pudiésemos comprobar el paisaje árido que rodeaba a la ciudad, un breve bajar y subir del coche para echar unas fotos y estirar mínimamente las piernas.

La segunda y más duradera parada del día fue en Tinhir, una ciudad próxima al desierto y a los pies del Atlas donde tuvimos la oportunidad de descubrir algunos detalles curiosos, de esos que tienes que conocer al menos uno antes de irte por la noche a la cama. La ciudad tiene una antigua kasbah, que como la de Aït Ben Haddou, conserva casi intacta la estructura original, en la mayoría de las casas no existen ni la luz eléctrica ni el agua corriente. La mayoría de la gente de la ciudad viven de la agricultura, existen varios proyectos de cooperativas agrícolas en la zona, la minería, hay una mina de plata por la zona, y el turismo, no es una ciudad para pernoctar pero cada día pasan cientos de turistas por sus calles que hacen que los comerciantes y artesanos saquen adelante sus pequeños talleres y tiendas.

La de la derecha es una palmera hembra y la de la izquiera macho.
Hubo un par de detalles que me gustaría compartir con vosotros y que hicieron que sacara la libreta de apuntar ideas para reflexionar después del viaje. La primera fue que por primera vez en mi vida descubría que hay dos tipos de palmeras, y que por increíble que pueda parecer existen palmeras macho y palmeras hembra, y que no sería posible la existencia de la una sin la otra, uno de los principales atractivos de la ciudad es su inmenso palmeral, fuente de riqueza y de vida a todas luces para una ciudad tan castigada por los rigores medioambientales, se podría decir que es un auténtico oasis en las puertas del desierto. El segundo de los detalles, desde luego mucho más importante que el anterior, que me gustaría compartir es como los más pequeños aprenden también a vivir de los turistas. Cuando íbamos acompañados por el guía, un buen hombre bereber ataviado con sus mejores galas, aprendiendo a diferenciar entre los distintos sexos de las palmeras, un par de niños pequeños, de no más de 5 o 6 años, comenzó a seguirnos seguramente sorprendido por nuestras pintas, pero seguramente también convencido de que podían sacar algo de provecho, recuerdo que una de las veces cuando estaba sacando una foto la niña, la más mayor de los dos, me miró, me pidió una foto y me sonrío para, después de haber inmortalizado el instante, pedirme por favor que le diera un dírham para comprarse un helado, evidentemente no se lo di pero aquel instante, aquellas palabras no me dejaron indiferente y a día de hoy sigo pensando en lo poco que aquella niña pedía por su sonrisa, alguno puede pensar que fui un tacaño por no acceder a la oferta pero os diré que para mí no hay dinero suficiente en el mundo para comprar la sonrisa de nadie.

Una sonrisa, un dirham.
Atribulado aún por la “oferta” recibida antes de abandonar el palmeral de Tinhir, subimos de nuevo a la furgoneta para adentrarnos hacia otro de esos rincones de cine que visitamos durante nuestro periplo, en este caso ni más ni menos que la Garganta del Todra, un lugar escarpado y abrupto que ha sido espectador de lujo y escenario natural de películas como Indiana Jones. El lugar, paraíso para todo amante de la escalada, es un estrecho valle a los pies de la cordillera del Atlas, en el que el río Todra ha ido arañando con el paso de los años las montañas calizas, dejando un surco por el que hoy llega la vida a los pueblos de la zona, realmente esos riachuelos son la única fuente de agua que uno puede encontrar por la zona, por lo que la parada, por obligatoria y refrescante, fue mucho más que agradecida.

Garganta del todra, un paraíso para los amantes de la escalada.
Momentos después de refrescar cabeza y pies en las veloces aguas del río paramos en uno de los restaurantes “para turistas” que surgen a la orilla del camino. Durante el viaje también hubo tiempo para hacer estudios gastronómicos y os puedo asegurar que probé todos los sándwiches de kefta de un lado a otro del trayecto. Recuperadas las fuerzas ya estábamos listos para el último tramo antes de llegar al destino final Merzouga.
 
Panorámica del palmeral de Tinhir.
Un par de horas después de salir de Tinhir llegábamos a Erfoud, uno de los oasis que hay ya en las puertas del Sahara, la parada, inesperada en este caso, fue para visitar una fábrica de losas de piedra con fósiles. Durante la visita nos explicaron el proceso de extracción de la piedra y cómo iban tratándola hasta llegar al acabado final: platos de ducha, encimeras, decoraciones… lo más sorprendente para mí fue ver como en escasos 10 segundos se evaporaba la botella de litro y medio de agua que el guía de la visita acababa de verter sobre una de las losas, rondábamos los 45º, el desierto nos daba su particular bienvenida.

El primer momento de “tensión” del viaje llegó justo después de la parada cuando el chófer del viaje nos anunció que íbamos a parar veinte kilómetros más adelante para hacer el último aprovisionamiento de líquidos antes de llegar al desierto, la recomendación: tres litros de agua por cabeza, yo pensé que mejor seis, por si acaso. La parada para esa última compra previa fue en Rissani, donde el precio del agua potable es más elevado que el precio de la gasolina.

Avituallados y expectantes por lo que habría de venir salimos camino de Merzouga en el mismo momento en el que una tormenta de arena hacía aparecer y desaparecer la carretera a nuestro paso. Yo confiado en la pericia de nuestro chófer escuchaba, y nunca en un mejor momento…

Mañana más!! Un abrazo a todos y SED FELICES!!!!

lunes, 22 de julio de 2013

Al día siguiente...



… con el sonido de la primera llamada a la oración desde el alminar de la Koutoubia, comenzó uno de los puntos importantes del viaje por el sur de Marruecos, la visita al Sáhara, que para los que no lo sepáis Sáhara significa desierto en dariya.

A las 6.30 de la mañana, y tras un espectacular desayuno con el que nos agasajaron en el hotel donde pernoctamos, estábamos prestos y dispuestos con las mochilas en la puerta esperando a que la furgoneta de la compañía de viajes pasase a recogernos para llevarnos, tras una ruta de varias horas de coche y distintas paradas que luego os contaré, hasta las mismísimas puertas de uno de los parajes más inhóspitos del planeta.

Camino de subida hacia Tizi N'Tichka
La expedición que formábamos desde luego era políglota y heterogénea, éramos siete personas, ocho contando con el chófer, que veníamos de diferentes puntos del planeta y en diferentes circunstancias. Las nacionalidades del viaje eran: argelina, belga, portorriqueña, marroquí y española, todo un crisol de culturas, idiomas y maneras de entender la vida y afrontar el viaje. Fue bastante divertido hacer de intérprete para transmitir algunas de las recomendaciones de nuestro chófer, que se quedó bastante asombrado al ver que era capaz de hablar en su mismo idioma.

Como digo partimos de Marrakech rumbo a Merzouga, puerta del desierto y punto final de nuestro viaje, un trayecto de unos seiscientos kilómetros y unas once horas de furgoneta aproximadamente. La ruta tenía marcadas distintas paradas y nos terminaría llevando tres días y dos noches, ida y vuelta, que a continuación os empiezo a relatar.

Saliendo de Marrakech uno se da cuenta rápido que ya está cerca del árido desierto, el paisaje que se divisa por el camino está salpicado de palmerales y enormes extensiones de terreno en las que no hay nada más que polvo y piedras. A la hora de camino comenzamos a subir montañas hasta llegar al paso de Tizi N’Tichka, uno de los puntos más altos de Marruecos y que suele estar cerrado en invierno por las condiciones climatológicas. En el camino de subida hacia el puerto tuvimos la oportunidad de realizar nuestra primera parada, en mitad de una curva un buen hombre había montado una suerte de bazar improvisado donde ofrecía al visitante piedras y fósiles: rosas del desierto, piedras volcánicas… La verdad es que el puerto en sí era un lugar bastante hostil, sin ningún tipo de vegetación, lo que se llama un paisaje lunar, aunque en alguna loma de la montaña habían conseguido hacer un campo de fútbol, ¡cómo no!

El paisaje arriba era desértico, casi lunar.
La bajada del puerto nos condujo a un valle en el que la vegetación, algo más abundante, estaba formada en gran medida por árboles de argán, que da un fruto que se utiliza para hacer aceite, productos cosméticos y alimenticios y que tan de moda se ha puesto últimamente, además sirve como elemento base de uno de los placeres más exquisitos de la gastronomía típica marroquí, el amlou. Como no podía ser de otra manera, en torno a esa moda del argán han surgido montones de proyectos, sobre todo con mujeres (incido una vez más en la liberación de la mujer en el sur de Marruecos), de cooperativas en las que ofrecen todo tipo de productos derivados del argán, esa fue nuestra segunda parada para conocer las bondades del producto y degustar, para mi delicia, un poco de amlou, la “nutella bereber”.

Amlou, un placer para el paladar.
Tras haber conocido de primera mano el proyecto de la cooperativa del argán, proseguimos nuestro camino hasta la siguiente parada, un lugar… de cine y nunca mejor dicho, habrá varias referencias al cine en el relato de este viaje. La siguiente parada en nuestro camino, cada vez con un paisaje más y más desértico, fue Aït Ben Haddou, una ciudad en mitad de la nada pero famosa en el mundo entero por ser escenario natural de multitud de películas como Gladiator, El Príncipe de Persia, Lawrence de Arabia… La ciudad tiene una kasbah, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en la que se conserva casi intacta la estructura original del enclave, está prácticamente deshabitada pues no hay ni luz ni agua corriente en la zona antigua y los habitantes viven en una zona nueva al otro lado del riachuelo que la circunda. Para un cinéfilo como yo encontrarse en ese lugar fue una auténtica pasada, tuve además la oportunidad de ver fotos de los rodajes de algunas de esas películas que los lugareños mostraban orgullosos como recuerdo, en la mayoría de los casos, de su participación en los rodajes. Si me permitís ser un poco más friki de la cuenta, la ciudad ha servido últimamente como escenario para la galardona Game of thrones, en la que la ciudad era Yunkai, una ciudad esclavista.

Aït Ben Haddou, escenario de infinidad de películas y Patrimonio de la Humanidad.
Mil fotos después y mil comentarios acerca de si reconocía o no tal o cual rincón, nuestro viaje prosiguió hasta la vecina Ouarzazate, conocida como La puerta del desierto, la ciudad más importante de la zona, antigua parada obligada para las caravanas comerciales. En la ciudad, además de la Kasbah de Taourit, una más de las típicas que se encuentran por la zona, se encuentran los mundialmente conocidos Estudios Atlas, estudios cinematográficos donde han sido rodadas grandes películas de la historia del cine como: Lawrence de Arabia, La última tentación de Cristo, La momia, El reino de los cielos… y, momento friki otra vez, Starwars. En la recepción de los estudios, cualquier buen aficionado al cine, se puede quedar horas y horas observando fotografías, recuerdos y detalles del vestuario de algunas de esas películas.

Estudios Atlas, el hollywood marroquí.
Terminado el momento freak, aunque me costó, montamos de nuevo en nuestra furgoneta para continuar, esta vez sí, hasta la última parada del día, la Garganta del Dades. Saliendo de Ouarzazate el camino nos condujo a través del Valle de las rosas hasta el lugar donde pernoctaríamos ese primer día de ruta hacia el desierto, un hotel enclavado en lo más profundo de la Garganta del Dades, un lugar en el que el agua ha ido marcando su camino a lo largo de siglos de historia y que por lo extraño del contraste muestra uno de los paisajes más agrestes que uno pueda imaginar encontrar a una distancia tan próxima del desierto. El lugar, además de lo espectacular del entorno, era un rincón perfecto para descansar y poner fin a aquella jornada tan calurosa del domingo 17 de junio de 2012, sin duda alguna un día de cine.

Garganta del Dades, un rincón salvaje en medio del camino.
Mañana vuelvo y os sigo abriendo la ventana a ese viaje tan maravilloso que tuve la suerte de disfrutar, hasta entonces un fuerte abrazo para todos y SED FELICES!!!!.

domingo, 21 de julio de 2013

Como decíamos ayer...



Como os comentaba ayer poner fin a la experiencia vivida ha sido uno de los momentos más difíciles que he vivido y una de las decisiones más complicadas que he tenido que tomar en mi vida, pero desgraciadamente no podía continuar allí en las mismas circunstancias, y es una pena que, como para tantos otros muchos sueños, la barrera entre conseguirlo o no la marque lo material, lo cuantitativo.

Aún así como ya dije quería compartir con todos vosotros el viaje que tuve la suerte de realizar por el sur de Marruecos y que me ha permitido conocer más a fondo la realidad de un país que para siempre me va a tener cautivado, no importara dónde esté ni cómo me vaya la vida porque no pasará un solo día en el que no recuerde mis experiencias y mis sentimientos pasados dentro de esa tierra y compartidos con sus gentes.

El viaje comenzó en Tánger y lo hizo con una suerte de guiño del destino que marcaría lo que vendría después, el taxista que nos llevó hasta la estación de tren no nos quiso cobrar la carrera del taxi y sólo nos pidió la carrera mínima, eso era ya una buenísima señal. Al llegar a la estación, el tren que habría de llevarnos hasta Marrakech ya estaba allí situado en el andén esperando la hora de partida, para aprovechar más el tiempo decidimos viajar de noche y sacando billete en coche-cama. Al llegar a nuestro compartimento una pareja de jóvenes británicos estaba allí ya instalada, en las dos camas de abajo quedando libres las dos camas superiores, no os negaré que temí por la vida de la chica que dormía debajo de mi litera pero para mi asombro más absoluto la litera resistió.

La Koutoubia, coetánea de la Giralda.

Una de las cosas que más me ha sorprendido de este viaje es que mientras más al sur más “liberadas” están las mujeres, os pongo dos ejemplos: llegando en el tren a Marrakech, sobre las 6.30 de la mañana, estaba ya levantado dando un paseo por el pasillo del tren cuando la imagen de tres mujeres, vestidas con sus chilabas y pañuelos, jugando al fútbol en un campo de tierra nos dejaba boquiabiertos a otro viajero inglés y a mí, supongo que ninguno de los dos nos esperábamos ver ese “entrenamiento”, y por otro lado, al llegar a la ciudad de Marrakech y comenzar a pasear por sus calles a uno le llama poderosamente la atención la cantidad de mujeres motorizadas que hay, con sus velos, sus cascos y sus guantes y moviéndose de manera intrépida e independiente en medio del caos circulatorio de la ciudad.


La Plaza Djemaa L Fna, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO

La ciudad de Marrakech en sí es una auténtica maravilla en la que cada rincón y cada edificio tienen un encanto que hacen que la capacidad de sorpresa y admiración no descanse ni un solo segundo. Lo más llamativo quizás sea la plaza Djemaa L Fna, un auténtico festival permanente en el que uno puede encontrar de todo: teatro, encantadores de serpientes, música en directo, comida, bebida… un lugar que cada día al terminar la jornada desaparece para volver a surgir a la mañana siguiente para volver a situarse todo como estaba.

La Madrassa Ben Youssef, un viaje cultural y en el tiempo.
Además de la plaza, declarada Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO, la ciudad de Marrakech, que es también la que da nombre al país, tiene otros encantos dignos de ser visitados: la Koutoubia, la Kasbah, la Madrassa Ben Youssef, las tumbas saadíes, la Menara… una cantidad de sitios impresionantes en los que a cada viajero o turista les suscitarán una serie de sentimientos y pensamientos en función de los ojos con los que mire y vea los rincones y los detalles de cada paraje, a mí personalmente me fascinaron por la forma en la que han mantenido los lugares tal y como fueron concebidos, como el tiempo parece haberse detenido cuando uno se sienta a disfrutar de las vistas en el patio de la Madrassa Ben Youssef, la sensación de tranquilidad escuchando el agua de la fuente, el laborioso conjunto de arcos y artesonado, dan la sensación de que hubieras viajado en el tiempo.

Bab Agnaou, una muestra más de que los pájaros no entienden de creencias.

Al día siguiente…… bueno eso ya lo dejamos para mañana.

Un fuerte abrazo a todos los que me habéis echado en falta y a los que os he fallado durante estos días, como digo siempre no dejéis de luchar por SER FELICES!!!

Pd: He vuelto para quedarme.