martes, 30 de julio de 2013

Dejarse llevar



Superado el ajetreo inicial a la llegada a la ciudad, superada la primera barrera de “agentes turísticos” que atosigan al bajar del autobús para llevarte a sus maravillosos establecimientos, al adentrarte por el enmarañado nudo de callejones de la medina de Essaouira uno puede perderse con una facilidad pasmosa, pero en esos casos siempre aparecerá un guía improvisado que te acompañará hasta el lugar que tú estés buscando, siempre a cambio de la propina de rigor, en nuestro caso no fue distinto y uno de esos gentiles acompañantes nos llevó hasta la puerta de nuestro alojamiento.

Como contaba el otro día después de la llegada del desierto no había nada previsto y quedaba todo a la improvisación y al dejarse llevar por las situaciones y por los lugares que visitásemos, por lo que no sabíamos cuánto tiempo nos quedaríamos en la ciudad. Una vez refrescados e instalados, decidimos salir a conocer la ciudad y a dejarnos invadir por el encanto de esta ciudad de la costa atlántica marroquí.

Pasear al atardecer por la playa fue nuestra primera parada.

Nada más salir a la calle, el bullir de gente denotaba que algo muy importante estaba pasando en la ciudad, el Festival Gnaoua y de Músicas del mundo atrae a la ciudad anualmente a miles de personas que atraídas por el ambiente y el ritmo de la música hacen de la ciudad un lugar de encuentro para gente venida de muchos puntos de África que comparten una manera de entender la vida.

Y es que esos días, no sé si debido al festival o si debido a la manera de ser en sí de la gente de Essaouira, el ambiente no tenía nada que ver con el del resto de lugares de Marruecos que yo había conocido hasta el momento. Un tono desenfadado, alegre, abierto, festivo… lo impregnaba todo y mostraba una cara más amable que la de otros lugares que había visitado.

Las calles de la ciudad estaban atestadas de gente de toda procedencia, turistas de todo el mundo coincidían allí esos días, a propósito o por casualidad, con los participantes del evento, dando un colorido sin igual  a las calles de la vieja ciudad pesquera. Los puestos de artesanía se sucedían a lo largo de las principales calles de la medina confundiéndose con los puestos a los que a diario acuden los habitantes de la ciudad a abastecerse de lo necesario para vivir. Cualquier esquina o cualquier rincón en los callejones se convertía de repente en un concierto improvisado en el que los músicos deleitaban a los espectadores con los ritmos de la percusión y la danza que dan ese carácter casi trascendental a la música gnaoua.

Detalle de la Skala
No obstante la primera tarde, tal vez saturados del viaje y de la locura de la salida de Marrakech, decidimos salir un poco del bullicio festivalero y dejarnos llevar por la tranquilidad de la playa. Y es que es una auténtica gozada dar un paseo por la playa al caer la tarde y deleitarse contemplando la puesta de sol caminando con los pies por el agua, de fondo a lo lejos sonaban ya los primeros conciertos del festival, pero en aquel momento la tranquilidad y la calma que ofrecía el paseo por la playa era justo lo que necesitaba para saborear y paladear todos los instantes que habían ocurrido durante nuestro periplo y quedarse hipnotizados con las vistas de la playa, en la que por causa del fuerte viento que suele soplar y las corrientes marinas hacen que si bien sea un lugar de referencia para los amantes del surf, en todas sus modalidades, esté terminantemente prohibido bañarse, aunque si uno decide arriesgarse nadie vaya a impedírselo.

Vista de la Isla de Mogador y del puerto.
De regreso del paseo, decidimos dejarnos llevar por el ambiente y asistir a uno de los conciertos que estaban programados en una de las plazas de la ciudad. Es bastante curioso, para un neófito como yo, acercarse al mundo gnaoua pues, como ya he comentado, es una música repetitiva basada fundamentalmente en la percusión: tambores, castañuelas, timbales… en la que tanto los que tocan los instrumentos como los que danzan al son del ritmo marcado lo hacen hasta casi entrar en trance, ciertamente es un ritmo repetitivo pero que va en aumento. Originariamente era una música de esclavos que de esa manera entraban en contacto con la religión y que se cree que a través de esa forma de manifestación religiosa podían curar y sanar. Estéticamente el concepto gnaoua está asociado al colorido de las vestimentas de quienes lo practican, llama mucho la atención también los collares y detalles decorativos que llevan, hechos fundamentalmente con conchas. La experiencia fue ciertamente sorprendente por la intensidad con la que, tanto artistas y público, viven cada canción de las que interpretan en los conciertos.

Las vistas desde la terraza, lo mejor del desayuno.
A la mañana siguiente, después de un desayuno con unas vistas inmejorables de la playa de Essaouira, decidimos salir a conocer mejor la costa y, si la ocasión lo permitía, darnos un refrescante baño en las aguas del Atlántico. Y así fue tras recorrer toda la playa de la ciudad, declinando en varias ocasiones las ofertas para aprender a surfear, llegamos hasta un recodo junto a una roca donde el agua hacía una especie de remanso y no había riesgo de ser engullido por la corriente. Al llegar al lugar, bastante retirado de la ciudad justo en frente de la isla en la que viven los famosos halcones de Eleonora, un amable señor nos preguntó si queríamos algún tipo de ayuda para conseguir entrar en trance, tal y como habíamos visto entrar en trance a los músicos la noche antes, nos quedamos un poco sorprendidos y declinamos la oferta, en otros lugares de Marruecos nos habían hecho ofertas similares pero aquella era cuando menos inesperada, por el momento del día, media mañana, y por el lugar, un recodo en una piedra en mitad de la nada en una playa.

Isla de Mogador vista desde "la roca de los porros".
Pasado un rato de baño y relax, en el que a pesar de la calma del agua el viento soplaba con fuerza y hacía las delicias de los que practicaban surf a lo lejos, volvimos sobre nuestros pasos para regresar a la ciudad y seguir conociendo los rincones que ofrecía, al pasar por el lugar en el que nuestro inesperado “gurú” nos había asaltado comprobamos que ya eran varios los que en ese momento habían decidido entrar en contacto con el mundo de lo místico, y gracias a la ayuda prestada, previo importe imagino, por el señor estaban ya viviendo una experiencia extrasensorial, en ese momento decidí poner nombre al paraje que acabábamos de visitar: La roca de los porros.

La muralla de la ciudad, escenario de la serie Game of thrones.
A la vuelta a la ciudad decidimos perdernos por todos los rincones que ofrece la ciudad, desde el mellah hasta la Skala, famosa por su aparición en la serie Game of thrones, siguiendo el contorno marcado por las murallas, en perfecto estado de conservación. Por cada calle que pasábamos, encontrábamos algún elemento del festival que impregnaba esos días el ambiente con el colorido y el toque festivo que daban a Essaouira, ese toque tan atractivo.

Al final lo que iba a ser una parada rápida y continuar se convirtió en dos días completos para dejarse llevar, entrar en trance por qué no, por el ritmo y el ambiente de la ciudad, dos días para conocer un lugar peculiar y digno de ser visitado, aunque durante todo el año imagino que también, pero sobretodo en los días en los que los gnaouitas toman la ciudad.

Un abrazo fuerte a todos y, al ritmo de la música gnaoua, SED FELICES!!!!

viernes, 26 de julio de 2013

Corre, corre!!!



Marrakech, 12.40 del mediodía, unos 40º de justicia cayendo sobre nuestras cabezas, las mochilas, cargadas de equipaje, experiencias e ilusiones, haciendo un doble papel de lastre y caja fuerte, las botas colgando y dando pataditas en el culo a cada paso que daba, dichoso y casual vaivén… todo eran prisas y agobios en esos instantes finales antes de salir de allí, el aire no llegaba del todo a oxigenar el cuerpo y la angustia por perder nuestro siguiente transporte aumentaba por momentos, a partir de este punto todo estaba sin planear, no había una hoja de ruta que seguir, todo quedaba en manos de lo que el azar nos quisiera mostrar, aunque algún vistacillo a la guía Lonely Planet ya nos había puesto en antecedentes.

La Lonely Planet, una gran compañera de viaje.
Como digo salimos corriendo del hotel porque nuestro siguiente transporte, el autobús de línea correcto y seguro de la compañía oficial del reino salía justo unos minutos después y teníamos que llegar, como fuese, para cogerlo. Justo al lado de nuestro alojamiento había una parada de taxis a la que acudimos a toda prisa esperando encontrar uno que nos llevara lo antes posible a la gare routière de dónde tendría que salir nuestro bus. Primer paso para llegar y primer obstáculo, los taxistas de la parada, una de las mejor situadas de toda la ciudad a escasos 100 metros de la plaza Djemaa L Fna, a sabiendas del desconocimiento de los turistas y de la facilidad para engañarlos con la carrera nos pedían por el desplazamiento hasta la estación cuatro veces más del precio normal, dos días antes habíamos pagado una cantidad que ahora “misteriosamente” se multiplicaba, ninguno quería cogernos por menos del “precio de turista”, sin duda nuestra apariencia y nuestra urgencia por salir de allí hacía muy difícil negociar, pero después de discutir con uno y decirle que yo sabía cómo funcionaba aquello y que a mí no me la daba porque era medio marroquí, todo esto en perfecto dariya, decidimos comenzar a caminar y parar alguno de los taxis que circulaban a toda prisa por las calles de la ciudad, a escasos 50 pasos de la parada conseguimos parar a un petit taxi que nos llevó a la estación por el precio normal,  se lo dije al taxista y lo repito ahora, soy medio marroquí y a mí no me la da.

"A mí no me la das que soy medio marroquí", le dije al taxista.
Llegamos a la estación con la hora pegada a los talones y una vez nos bajamos del taxi echamos a correr hacia las taquillas para sacar nuestro billete, al llegar la cola era inmensa y para nuestro desánimo el segundo inconveniente del día hizo su aparición: no quedaban billetes hasta el último autobús del día a las 22.30 de la noche, un auténtico desastre. Salimos de la estación y, replanteando cómo lo haríamos, preguntamos a unos taxistas que estaban allí apostados a la puerta de la estación y nos dijeron que si allí no había billetes que no nos preocupásemos, que había otra estación de autobuses en la que, las compañías con menos poderío y prestigio, ofrecían también billetes para llegar a nuestro destino en el horario más o menos previsto, aquello sonaba a raro y a “peligroso”, pero bueno no teníamos nada que perder y, como dije antes, estábamos dispuestos a arriesgarnos así que subimos al taxi nuevamente y a la otra estación que nos fuimos.

La estación a la que llegamos, en el segundo intento, poco o nada tenía que ver con la primera que habíamos visitado. La limpieza, el orden, el cuidado de los detalles… nada tenían que ver con los de la estación “oficial” de autobuses. Era un edificio antiguo, añejo y crepuscular que sin duda alguna había vivido días mejores. Sin embargo tenía un encanto que el lujo aséptico de la otra estación no tenía, ni nunca llegaría a tenerlo. Estaba lleno de gente local, lleno de marroquíes con sus inmensos bolsos de rafia, también cuando viajan por dentro del país cargan con ellos, que buscaban el autobús que les llevara a su destino final o que al menos les dejara lo más cerca posible. Las estaciones de autobuses para la gente de a pie son peculiares, pues desde que uno entra en la estación rápidamente es asediado por dos o tres hombres que le interrogan para saber el destino del viaje y llevarle a una u otra agencia de autobuses de la que, imagino, reciben una comisión por cada cliente que llevan. Nuestro destino final era Essaouira, y curiosamente era destino prioritario esos días, el motivo… no queráis correr demasiado.

Essaouira era la siguiente escala en nuestro viaje.
A las 14:30 horas estábamos instalados en los asientos del autobús que nos habría de acercar hasta la siguiente escala en nuestra ruta por el sur, no era ni mucho menos el que nosotros esperábamos, no era bonito, ni cómodo, ni siquiera fresco, el aire acondicionado llevaba mucho tiempo esperando a ser puesto en marcha, pero desde luego estábamos encantados de estar allí y en ese preciso instante viviendo esa experiencia. El autobús, en el que la ratio locales visitante era 40 a 5(tres americanos y dos españoles), partió a la hora prevista para el conductor, que no era otra que la hora en la que el autobús estuviese lleno, es lo que tiene viajar con las compañías menos potentadas. En el autobús se dio una circunstancia curiosa que ahora os cuento, al poco de salir, justo después de rezar y pedir porque tuviéramos un buen viaje, un señor se levantó y se puso a narrar de viva voz las bondades de un producto buenísimo para la salud que él mismo fabricaba y que cura todos los males pensables e impensables, a lo mejor no son tan distintos los buses de bajo coste marroquíes y las compañías de vuelo de bajo coste irlandesas, ahí lo dejo como idea. El caso es que el señor ofreció el bote, para que pudieran leer las bondades del brebaje, a 40 de los 45 pasajeros que iban a bordo del bus, no hace falta que os diga qué 5 se quedaron sin poder ver aquella maravilla de la naturaleza.

La ciudad es una joya a orillas del Atlántico.
Aproximadamente tres horas después de la salida, parada para merendar en Chichaoua incluida, llegábamos a Essaouira, antigua Mogador para los portugueses, que la tuvieron colonizada en su búsqueda de la ruta hacia las Indias, y más recientemente, momento freak, Astapor para todos los seguidores de Game of thrones. Al llegar a la estación de autobuses vivimos un momento bastante curioso, en cuanto se abrieron las puertas del bus la gente no bajó del mismo si no que unos quince o veinte chavales subieron rápido para ofrecer a todos los que venían a bordo del bus los folletos de los múltiples alojamientos que la ciudad ofrecía aquellos días: precios imbatibles, ofertas irrechazables, chollos por doquier y, como no podía ser de otra manera, sustanciosas comisiones por cada turista que consiguieran albergar en los distintos hostales de la localidad.

Essaouira, Astapor, descubrí después de verla en la serie que yo estuve allí.
La ciudad es una auténtica joya a orillas del océano Atlántico, su medina es Patrimonio de la Humanidad desde 2001, una ciudad de referencia para todos los surferos marroquíes e internacionales,  un lugar de peregrinación para todos esos espíritus libres que viajan a Marruecos en busca de una experiencia vital y, además, es la capital mundial de un estilo de música típicamente africano, la música gnaoua, puesto que anualmente se celebra allí el Festival de Gnaoua y Músicas del Mundo de Essaouira, y sabéis cuándo? Exacto aquella misma semana.

El cartel del festival de la edición 2012, en la que estuvimos allí.
Mañana vuelvo y os cuento más cosas acerca de la ciudad y del festival, que por hoy creo que ya os he dado bastante castigo.

Un abrazo muy fuerte para todos y SED FELICES!!!

jueves, 25 de julio de 2013

La vuelta del paraíso



En días como hoy la verdad es que tienen poca importancia las cosas que pueda contaros, la dura realidad nos golpea una vez más con una tragedia como la ocurrida ayer y la verdad es que te deja sin palabras, las tragedias no por estar lejos de allí duelen menos, más bien al contrario la impotencia y la agonía se hacen más duras sin poder hacer nada más que pensar en el sufrimiento de las víctimas y de sus familias, desde aquí vaya de antemano para todos ellos mis más sinceras condolencias.

Intentando poner el orden las notas del viaje que os estoy relatando estos días llegamos hoy al ecuador del viaje y la vuelta del paraíso, aunque suene raro así lo fue para mí el paso por el desierto, un viaje físico y emocional en búsqueda de respuestas que se resolvieron con más preguntas, de experiencias  que hicieron que me quedase con ganas de vivir y ver muchas más cosas, de un viaje especial e irrepetible, nunca más volveré a pasar mi primera noche en el desierto, volveré seguro porque soy muy terco y cuando me propongo algo… a veces, cuando me dejan, termino consiguiéndolo.
 
Vista del viaje de vuelta en camello a la llegada a Merzouga.
Aquel martes, 19 de junio de 2012, volví a despertarme sin sonido de llamadas a la oración, nuestro guía vino puntual a las 5.30 de la mañana para comunicarnos que en cinco minutos estábamos otra vez en ruta, esta vez de vuelta. La noche había sido espectacular, cenamos a la luz de una vela el tajín de pollo y verduras que nos habían preparado nuestros anfitriones y una vez terminada la cena no pude resistirme a la tentación de tirarme en el suelo bocarriba y contemplar, como niño el día de reyes con sus regalos, aquel espectáculo tan fascinante que ofrecía el cielo en aquel punto. La nitidez con la que se veían las estrellas era asombrosa, yo, aferrado a mis conocimientos previos del desierto, pensaba que la temperatura por la noche descendería vertiginosamente hasta llegar a temperaturas que hicieran que pasásemos frío, pero para mi sorpresa, otra vez, una temperatura agradabilísima invitaba a relajarse y disfrutar de aquel momento sin más preocupaciones que la de no perder la cuenta de estrellas fugaces que se podían observar.

Después de tantos kilómetros, después del “agradable” paseo en camello, después de todo lo que había soñado con aquel momento, cuando llegó la hora de dormir no se me pasó por la cabeza la idea de meterme en una tienda a dormir pudiendo descansar bajo aquel cielo tan limpio de contaminación lumínica y tan particularmente próximo, es uno de los mayores placeres que uno puede disfrutar, tumbarse con una manta en la fina arena del desierto y quedarse dormido con aquel sueño hecho realidad.

Uno de los ksar que nos encontramos en el camino de vuelta a Marrakech.
Cuando estábamos ya todos levantados y organizados para volver, llegó el primer momento fatídico del día: volver a subirme al camello. Mi anatomía, aún resentida por el trayecto de ida del día anterior, se desahogó y soltó alguna que otra lagrimilla, esto no lo volveré a repetir si no es en presencia de mi abogado, al volver a sentarse a horcajadas a lomos del camello, mis glúteos aún recordaban el dolor del camino anterior. La cosa parecía que se soportaba hasta que la ruta comenzó a ser un poco más larga de lo normal, en este caso, y parafraseando el cuento de la cebra Camila, el viento bandido movió las arenas del camino, haciendo que el camino del día anterior quedase totalmente borrado y haciéndonos pasar auténticos malos ratos surcando las dunas en nuestra particular caravana. Finalmente, con un poco más de retraso del esperado, llegamos de nuevo a Merzouga, donde nuestro chófer, bien descansado y preparado, nos esperaba para salir inmediatamente después de desayunar.

El camino de vuelta en furgoneta fue bastante tedioso, muchas horas desde Merzouga hasta Marrakech prácticamente sin paradas, tan sólo para comer en Ouarzazate. Además a eso había que añadirle los “extras” del pack de aventura, que no eran otros que llevar el cuerpo dolorido de los paseos en camellos y volver sin haber podido darte una ducha reparadora post-noche en el desierto, uno de los camellos apiadándose de mí por mi falta de higiene tuvo a bien darme un “intenso” lametazo en la pierna que hizo que la sensación de suciedad y la necesidad de una buena ducha aumentaran más aún si cabe.

Un par de zumos royal (fresa, naranja, plátano y pasas) y una rghifa como recompensa.
A media tarde llegábamos de vuelta a Marrakech y poníamos punto y final a aquella etapa del viaje, nos despedíamos de nuestros compañeros de aventura y, aunque parezca mentira, se me hacía un nudo en el estómago al despedirme de aquella gente con la que había compartido mi sueño hecho realidad de visitar el Sahara. Me hubiera gustado poder mantener algún tipo de contacto con ellos después del viaje, pero tal vez eso hubiese hecho que perdiese el encanto de la fugacidad y la intensidad de lo vivido.

Tumbas saadíes.
Una vez duchados y reparados del viaje volvimos a salir a perdernos por las calles de la ciudad, paseando sin destino alguno por los zocos que surgen, como ramas de los árboles, del corazón de la ciudad, la plaza Djemaa L Fna. En uno de los múltiples establecimientos donde sirven zumos, exquisitos y de todo tipo, aprovechamos para reponer fuerzas para poder continuar con nuestro viaje a ninguna parte por los callejones marraquechíes.
Artesano ceramistas reconstruyendo un mosaico.

A la mañana siguiente, esta vez sí con el sonido de la llamada a la oración, nos despertamos para hacer unas últimas visitas por la ciudad: tumbas saadíes, los zocos, el mellah… podríamos habernos quedado la semana entera allí, pero a mediodía salía nuestro siguiente transporte hacia nuestro siguiente destino, esta vez… mejor lo dejamos para mañana.
Atrás quedaban Marrakech, Merzouga, el Sahara... seguíamos en camino.

Con el recuerdo de todas las personas que han fallecido y de los muchos heridos que ha dejado tras de sí la tragedia del descarrilamiento del tren, me despido de vosotros con un fuerte abrazo, deseando de todo corazón que SEAIS MUY FELICES!!!


... el viento me despeina



Y tanto que despeinaba, el golpe de viento seco y ardiente cual bofetada con el que nos recibió Merzouga, nada más bajarnos de la furgoneta, era la “típica” bienvenida al lugar para todos aquellos turistas, como nosotros, que veníamos hasta la ciudad atraídos por el encanto de conocer de primera mano el desierto.

El recibimiento en Merzouga fue poco acogedor.
Aunque remontándonos unos instantes antes al momento de la bajada de la furgoneta, me gustaría comentaros como fue la llegada en sí a la ciudad de Merzouga, como os contaba ayer el ambiente estaba algo tormentoso, concretamente una tormenta de arena era el elemento sorpresa en la llegada a la última ciudad antes del desierto del Sáhara y a escasos kilómetros de la frontera con Argelia. En mitad de toda aquella tormenta y cuando en la carretera comenzaban a sucederse, cual setas en el bosque tras la lluvia, los carteles de los diferentes alojamientos que se ofertaban en la ciudad, fuente principal y me atrevería a decir que única de la economía local, un hombre ataviado con las vestimentas típicas de las tribus bereberes, que aún hoy permanecen en la zona, a lomos de su vespino roja, sí sí vespino, nos dio un saludo con la mano que nuestro chófer rápidamente supo interpretar y seguirle hasta el lugar donde habríamos de poner pie a tierra y comenzar nuestra ruta hacia el desierto.

Nuestro guía bereber ayudándome con el camello.
Volviendo al principio del relato, el clima que nos acogió a la llegada al destino final de nuestro peregrinaje fue de todo menos acogedor, un viento abrasador, que cortaba la cara, una tormenta de arena y el sonido de los truenos que amenazaban con lluvia de forma inminente, eran de todo menos buena señal para la ruta que teníamos que comenzar para adentrarnos a lo profundo del desierto. Lo primero que pensé al ver aquel panorama fue que vaya mala suerte la nuestra de ir al desierto y ponerse a llover, que teníamos que ser unos gafes para que aquello nos ocurriera, no lo dudé ni un instante y se lo pregunté a nuestro anfitrión bereber. Una vez más la sorpresa por oír hablar a un turista en su idioma le cogió desprevenido, volvimos a mantener una conversación el chófer, el guía y yo sobre los motivos por los que yo había aprendido a hablar en su lengua, pero la respuesta que me dio me dejó bastante perplejo, por lo menos con respecto a los conocimientos que yo tenía sobre el desierto.

Según me contó nuestro buen amigo en la zona en la que estábamos se repetía el mismo panorama atmosférico todos los días entre abril y octubre, al llegar las primeras horas de la tarde, el cielo se nublaba, comenzaba a soplar fuerte el viento y empezaban a formarse nubes de tormenta que, para mi sorpresa, comenzaban a descargar agua con fuerza. La verdad es que, tal vez por lo extraño de la situación o tal vez por lo impresionante de la tormenta, el momento me dejó admirado de la fuerza que la naturaleza puede desplegar en un instante, de hecho el momento en el que comenzaron a caer las primeras gotas fue bastante curioso, pues si uno se quedaba callado podía oír nítidamente el sonido de las gotas de lluvia caer en el suelo y casi al mismo instante el sonido que hace una gota de agua al evaporarse, debido a las altísimas temperaturas del suelo.
El paisaje, a pesar de lo inhóspito, era impresionante.

Era especialmente curiosa, en esos primeros instantes en la ciudad, la figura de nuestro guía local, el bereber que nos recibió en moto y con el cual nos habíamos de adentrar en el desierto. Era un hombre joven, tranquilo, sonriente y sin prisas, feliz a pesar de vivir en un rincón del mundo tan duro y alejado de cualquier comodidad o lujo. Era un hombre del desierto, con todo lo que ello conlleva: despreocupado de horarios, ajeno a las prisas y consciente de que el momento oportuno lo marca la naturaleza y no el hombre, esa puede ser la diferencia en muchos casos entre la vida y la muerte, más aún en un sitio como aquel.

Como digo sin mirar horarios, ni dejarse llevar por la impaciencia de los huéspedes recién llegados a su casa, el hombre sólo miraba al cielo para saber cuándo era el momento idóneo para comenzar la ruta en camello hacia el lugar donde pasaríamos la noche aquel día, por cierto un sitio nuevo en el que era la primera vez que habían instalado las jaimas, puede resultar extraño pero aquel hombre transmitía confianza y seguridad en todo lo que hacía y decidía.

Imagen del campamento donde pasamos la noche.
En un momento de recesión de la lluvia, el viento seguía soplando fuerte y la arena azotaba dando la sensación de que cientos de alfileres se te clavaran en la piel, el hombre entró en la casa y nos dijo que cogiésemos sólo lo imprescindible para pasar la noche y el agua que hubiésemos comprado, salíamos de inmediato. A escasos metros de su casa, ya pisando la fina arena del desierto, un grupo de siete camellos estaba esperándonos para llevarnos al corazón del desierto, la emoción aumentaba por momentos.

El viaje en camello… merecería una entrada entera para ese momento sólo, pero tampoco quiero aburrir a nadie, baste decir que es toda una odisea, empezando por el momento en el que te subes, continuando por el momento en el que se pone de pie, para los que no lo sepáis suben a la inversa, es decir, primero las patas de atrás y después las de delante, y terminando por el “vaivén” con el que va avanzando lenta pero confiadamente a través de las montañas de arena que surcaban el camino hacia nuestro campamento. Sólo diré que el mérito de los que tenían que hacer grandes rutas montados en estos animales es enorme, pues yo con dos horas de camino de ida tuve más que suficiente y al final he de reconocer que se me escapó alguna lagrimillas cuando tuve que montarme otra vez a la mañana siguiente para deshacer el camino, el motivo? Supongo que ya os lo imaginaréis.

Las panorámicas, a pesar del dolor por el paseo en camello, merecían la pena.
La verdad es que dos horas de “aventurero” paseo en camello después llegamos al campamento que nuestro guía, y sus dos acompañantes, habían dispuesto para nosotros. Un lugar sencillo, lejos de los lujos de algunos de los hoteles que habíamos visto a la llegada a Merzouga, pero desde luego mucho más auténtico, en mitad de la nada, sin un ruido ni rastro de vida en varios kilómetros alrededor, desde luego el sitio que yo iba buscando.

Allí en mitad de la nada es cuando uno puede descubrirse en la pequeñez de uno mismo y en mitad de la grandeza de una nada tan abrumadora. Yo fui allí, como mitómano de El principito que soy, en busca de un pequeño ser rubio de cabellos rizados que comenzase a cuestionarme por cosas sencillas, a veces hasta rozar la pesadez, pero a través de las cuales uno puede encontrar la dirección correcta en el camino a seguir. Yo pensaba en esta foto y en este fragmento:




Éste es para mí el más bello y el más triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior, pero lo dibujé una vez más para mostrárselos bien. Es acá que el principito apareció en la tierra, y luego desapareció.

Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella ! Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables ! No me dejen tan triste: escríbanme pronto que ha regresado...

Realmente el pequeño de bucles dorados no apareció, sin embargo a mí no dejaron de sucedérseme montones de interrogantes en la cabeza que, algún día, compartiré con todos vosotros.

Espero no haberos aburrido mucho, si ha sido que sí os pido disculpas, pero os podría estar hablando horas y horas de ese momento, ahora mismo lo revivo como si hubiese sido ayer mismo, pues en el fondo una parte de mí aún sigue allí.
 
En el fondo una parte mía se quedó allí.
Gracias a todos los que participáis, leéis y compartís el blog, es muy gratificante saber que algunos estáis contentos de que por fin me haya decidido a retomar todo esto, desde aquí mil gracias a todos.

Un fuerte abrazo para todos y SED FELICES!!!!