miércoles, 7 de agosto de 2013

Oh sí por Alá...



Descansados y repuestos del penúltimo tramo de nuestro viaje, la tarde-noche del sábado sirvió para recuperar fuerzas, deshacer equipajes y darnos un merecido homenaje de regreso a Tánger, emprendimos el domingo por la mañana, esta vez sin prisas y sin agobios de horarios, nuestra última visita en el viaje alrededor de Marruecos, en este caso deshacíamos un tramo del camino para bajar, camino de Rabat, hasta Assilah.

La ciudad, a orillas del Atlántico, se desarrolla en torno a la antigua fortaleza  portuguesa. Ha sido un emplazamiento estratégico a nivel marítimo y a lo largo de los siglos ha ido pasando de mano en mano hasta que finalmente fue anexionada al Reino de Marruecos. Es una típica ciudad de costa, con ciertas reminiscencias a las pequeñas poblaciones costeras del litoral andaluz, pero con un toque especial, un encanto místico-misterioso que hace que sea un lugar de culto para todos aquellos que tienen más sensible su lado artístico.

Artistas preparando sus murales.
El laberinto de callejuelas de su casco antiguo está todo bañado en dos colores, los que le dan el carácter propio a la ciudad, el azul y el blanco, y los dueños de las casas no escatiman a la hora de pintar las fachadas de sus casas, pudiendo encontrar auténticas obras de arte en las fachadas de los edificios. Además, para darle aún más colorido a la ciudad y fomentar ese lado artístico de la misma, anualmente el ayuntamiento de la ciudad cede espacios en las calles para que los artistas que lo deseen plasmen en murales su obra pictórica, dejando durante todo un año su obra plasmada, es un arte efímero pues cada año cuando llegan las fechas se eliminan los murales del año anterior para dar paso a las nuevas obras de los artistas.

Uno de los murales que uno puede encontrarse por la calle.
En el corazón de la villa, en las principales calles de la medina, se suceden los comercios de todo tipo de artesanía: zapatos, cuero, plata, telas… que hacen las delicias de los turistas que la visitan y que son la principal fuente de ingresos de la economía local. Assilah es una ciudad que vive por y para el turismo.

Uno de los muchos puestos de artesanía de la ciudad.
Nuestro viaje, corto y rápido en esta ocasión, comenzó en la estación de autobuses de Tánger desde donde se cogen los taxis, de color blanco, que te llevan hasta la ciudad. La distancia de unos 45 kilómetros en dirección Rabat, hacia el sur, suele hacerse por una carretera convencional que va bordeando la costa, por lo que como os podéis imaginar, las vistas de la ruta son espectaculares. La corta duración del trayecto no implica la ausencia de riesgo, pues como he comentado en alguna ocasión los taxistas son unos auténticos kamikazes, y el hecho de que hagan la ruta tantas veces y se la conozcan tan bien hace que en ocasiones se relajen en exceso y comentan alguna que otra locura.

Algunas fachadas son auténticas obras de arte.
La jornada en sí fue bastante sencilla, la típica jornada que suele tenerse cuando se va a la ciudad, un poquito de relajante playa por la mañana, rechazando alguna que otra oferta para montar en camello( mis posaderas perdonan pero no olvidan), un paseo por la zona intramuros de la medina, comida reparadora en alguno de los múltiples restaurantes de pescado que hay por el exterior de la muralla, en esta ocasión con algún lujo extra como una refrescante cervecita (envuelta en papel de periódico para no levantar sospechas), de nuevo paseíto camino de la muralla portuguesa, con espectáculo de músicos gnaouas incluído, comprar los típicos cacahuetes, tomar un café y ya estábamos listos para emprender el camino de vuelta.

Espectáculo gnaoua junto a las murallas de Assilah.
Entre mis rincones favoritos de la visita me gustaría recomendaros dos, por si alguna vez vais por allí. El primero es un saliente de la antigua muralla portuguesa sobre el mar desde el que por las tardes uno puede sentarse a esperar la llegada del rayo verde, es un espectáculo la puesta de sol desde este punto, que suele estar siempre bastante concurrido pues es una de las fotos más típicas de la ciudad. El segundo, y definitivamente el lugar más friki de todos los que he visitado, es una pequeña hornacina que hay en una plaza al lado del Palais de Raisuli, cualquiera que la vea no le llamará mucho la atención, pero quizá después de ver el vídeo que os dejo a continuación la cosa cambie, lo reconozco es sumamente bizarro, pero yo también estuve allí.

Yo también estuve allí.
En el camino de vuelta a Tánger, mientras daba alguna que otra cabezada en el taxi, al final el miedo a la muerte en accidente también acaba dando sueño, repasaba mentalmente todos los lugares por los que había pasado los últimos días, analizaba la cantidad de cosas nuevas que había aprendido  y conocido durante el viaje, y, desde luego, no paraba de pensar en cuándo y cómo sería el siguiente, aún hoy me lo pregunto.

Imagen de una de las playas de la ciudad.
Aquí termina el relato de esta penúltima etapa de mi estancia en Tánger, en el otro lado de Al qantara, que espero que os haya aburrido lo menos posible, para mí, como dije el otro día, ha servido para recuperar las ganas de escribir y compartir momentos y experiencias pasados, a partir de la próxima entrada espero compartir momentos y experiencias de presente y de futuro, espero que lo venga os guste tanto o más como lo que habéis leído hasta ahora.

Dice una canción que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, yo no sé si algún día volveré a vivir una experiencia como la que tuve en Tánger, de lo que sí estoy seguro es de que esa experiencia jamás me abandonará y siempre estará presente allí donde vaya, pues como dice el subtítulo del blog: “Allá donde vayas, siempre habrá un Tánger que necesite de ti.”

Un fuerte abrazo a todos y SED FELICES!!!

jueves, 1 de agosto de 2013

Últimas visitas



Lo que me pasó con Casablanca supongo que es lo mismo que me pasa con todas las grandes ciudades, que me parecen lugares fríos, desprovistos de cualquier tipo de ambiente acogedor, en el que  cuesta mucho sentirse integrado, no se deja de tener la sensación de ser un número más de tantos que pasan por allí al cabo del tiempo.

Sin lugar a dudas el alojamiento en el que pernoctamos en la ciudad fue, con diferencia, el de menos encanto de todos los que habíamos probado hasta ese momento, tanto en este viaje como en el resto de desplazamientos que había hecho por el país. Era un sitio… bueno no quiero perder tiempo describiéndolo, simplemente si alguien va alguna vez a Casablanca y quiere ahorrarse el mal rato que me lo diga y le hago mi no recomendación del mismo.

Como os decía el otro día, había muchos detalles que iban sumándose y haciendo que la fascinación inicial por la parada en la ciudad terminase convirtiéndose, como ya me habían advertido, en una de las paradas que menos aportaron de todo el viaje, seguramente si volviera no la repetiría, aunque soy incapaz de negar segundas oportunidades.
 
Explanada de entrada a la mezquita.
El caso es que en mitad de todos aquellos inconvenientes “ambientales”, tuve tiempo de encontrar el momento para profundizar en los aspectos más personales del viaje, y la primera tarde que estuve en la ciudad, sentado en la explanada exterior de la Mezquita Hassan II, mientras me quedaba asombrado de la altura del minarete, tuve la oportunidad de sentarme y hablar sin prisa pero sin pausa de diferentes cuestiones con mi compañera de viaje. Ciertamente no había nada en la ciudad en aquel preciso instante que me llamara más la atención que estar allí, hablando de manera calmada y serena de los motivos por los que estábamos haciendo el viaje, de nuestros caminos por la vida hasta llegar a aquel punto, de lo que esperábamos del futuro que se nos abría por delante en poco tiempo, en fin, de cosas que hasta aquella tarde no habíamos podido o no habíamos querido sentarnos a hablarlas con la calma que se necesitaba, así que fue allí, rodeados de familias marroquíes que iban a pasar la tarde admirando el edificio en honor de su antiguo Rey, donde, después de tantas cosas vividas y pasadas, pusimos la pausa necesaria para cuestionarnos una y mil cosas que nos habían hecho terminar allí.

Otra toma de la explanada, capaz de albergar a 80.000 fieles.
 A la mañana siguiente, para el primer pase del día, estábamos puntuales a nuestra cita a las puertas del edificio, diseñado por el mismo arquitecto que proyectó el edificio de Marruecos en la Expo de Sevilla, Michel Pinseau. El principal atractivo turístico de la mezquita es que es la única que puede ser visitada, oficialmente, sin importar el credo religioso que uno profese, yo no he intentado nunca visitar otras mezquitas, entre otras cosas porque el respeto por su cultura, su religión y sus costumbres me parece que bien vale ser cumplido, supongo que a nadie le gustaría que se colasen en alguna celebración de carácter privado, violando su intimidad y sin respetar sus momentos.

Detalles de las puertas y el suelo de mármol que contiene el edificio.
Desde el plano puramente estético el edificio es todo un museo en sí de la riqueza de la artesanía marroquí, no hay un solo rincón del edificio que no tenga un detalle o una virguería típicamente marroquí: los mosaicos que adornan sus fuentes, el mármol de sus paredes y columnas, los detalles en madera tallada, las escayolas de los techos… toda una muestra del buen hacer de los miles de artesanos del país que contribuyeron con su trabajo en la construcción de tan espectacular edificio. Hay varios detalles de la construcción que llaman especialmente la atención: la altura, el emplazamiento y el techo de la misma. De la altura ya os he hablado y sólo os daré un detalle más, en lo alto del minarete hay un rayo láser que apunta directamente la dirección a La Meca que puede verse desde varios kilómetros de distancia. En cuanto al emplazamiento, como ya os comenté también, está situada en una península artificial sobre el océano Atlántico, lo que hace que en ocasiones se tenga la sensación de ser balanceado por el agua. Por último, el detalle del techo es una verdadera obra de ingeniería pues es un techo móvil que se abre en unos tres minutos y medio y que suelen abrir después de las grandes celebraciones religiosas para ventilar la nave principal del edificio de 20.000 m2. El número total de fieles que puede albergar la mezquita es de más de 100.000, unos 80.000 en la explanada de entrada y 25.000 en el interior del edificio, como digo una verdadera obra faraónica para honrar la memoria del padre de Mohamed VI.
 
Espacio reservado para la familia real.
Terminada la visita salimos corriendo, como tantas otras veces a lo largo de este viaje, para volver a recoger nuestro equipaje, ya casi entero lleno de ropa “experimentada”, y tomar un taxi hacia la estación de trenes para coger el que sería nuestro penúltimo transporte en este viaje, el tren de vuelta a Tánger. Esta vez, imbuidos por el espíritu aventurero, decidimos viajar con la gente de a pie, en la zona más humilde del tren, el billete era más barato y podría ser una experiencia más auténtica, o al menos de entrada nos lo parecía. Craso error por nuestra parte pues la hora a la que partía el tren y la temperatura desaconsejaban altamente cometer esa locura, pagamos la novatada. El caso es que allí hicimos nuestro viaje de vuelta con una temperatura de unos 45º en el interior del vagón y sin más compañía que un par de turistas que se bajaron en la siguiente parada después de Casablanca.
 
Hamman del interior de la mezquita.
A pesar de todo, hay que ser positivo siempre, tuvimos la oportunidad de conocer algunos lugares del Marruecos más profundo, de las zonas fuera de los circuitos turísticos, pequeños pueblos rurales por los que el tren pasaba y ante el que los vecinos se quedaban mirando con la indiferencia de quien ve pasar el tiempo, ciertamente no era nada extraordinario ver pasar un tren pero la manera en que lo hacían tenía algo de especial que no logro describir. Cuando pasaba por todos aquellos lugares, mi cabeza comenzaba a dar vueltas a un nuevo viaje, esta vez en otras condiciones, con otra intención, por todos aquellos pueblos olvidados por el sector turístico pero en los que seguro que se puede encontrar el Marruecos más auténtico, más cercano, probablemente mucho más de lo que lo había encontrado en Casablanca, un viaje con objetivos más antropológicos, para profundizar en la manera de ser y de estar en el mundo de esa gente.

Taxi de uno de los pueblos por los que pasaba el tren de vuelta.
A media tarde del sábado llegábamos a Tánger, para hacer una parada técnica antes del último destino del viaje, dejábamos atrás casi 2600 kilómetros en ocho días, traíamos el equipaje lleno de experiencias, recuerdos, fotos, arena del desierto, anécdotas, personas, encuentros… un viaje inolvidable e irrepetible, al menos en las mismas circunstancias pues la experiencia de la primera visita sólo se puede tener una vez.

Mañana terminamos el recorrido y preparamos el cuerpo para nuevos temas y entradas más próximas en el tiempo y a lo mejor más interesantes que las de este viaje, que además de para hacerme conocer un poco más el país en su día, me ha servido ahora para desentumir los dedos y volver a disfrutar del placer de escribir y plasmar ideas y sentimientos que van almacenándose en el interior.
Un fuerte abrazo para todos y SED MUY FELICES!!!



Pd: hoy es fiesta nacional en mi nuevo lugar de residencia, pero, por increíble que parezca ayer también fue miércoles aquí y me reencontré.

miércoles, 31 de julio de 2013

En busca del mito



Temprano, como cada día desde que partimos de Tánger, así comenzó la jornada que abandonamos la colorida y festiva Essaouira para dirigirnos a uno de los puntos que más ilusión me hacía conocer y que terminó siendo uno de los chascos que me llevé en el viaje, Casablanca.

De buena mañana, cuando aún había gnaouitas recogiéndose de los trances de la noche anterior, salimos a desandar el laberinto de callejones de la medina de Essaouira para, con las primeras luces del día, coger el autobús, esta vez sí de una de las compañías oficiales, que nos llevaría hasta la cinematográficamente mítica Casablanca, o como se dice en dariya, ojo momento super friki, Dar Beida, sí sí como el de: “Luke, yo soy tu padre”.

Vista de La corniche desde la explanada de la Mezquita Hassan II.

Nuestra ruta, esta vez planificada con una tarde de adelanto, nos haría recorrer los poco más de 400 kilómetros entre las dos ciudades abordo de uno de los “lujosos” vehículos de una de las dos compañías oficiales, propiedad de la familia real como tantas otras cosas, de transporte de pasajeros por carretera que operan en todo el país. El precio del billete no era excesivo y la comodidad y seguridad que ofrecían, a priori, los coches compensaba el coste, aunque en este caso no era oro todo lo que relucía. 

Detalle de una de las fuentes de la Mezquita Hassan II de Casablanca.
Para empezar al llegar a la estación e ir a subirnos al bus el conductor del vehículo nos indicó que no podíamos subir con nuestro equipaje por lo que habríamos de dejarlo en la bodega del vehículo, para lo cual había que abonar una tasa económica estipulada para tales casos. En ese momento, a pesar del frescor matutino, empezó a hervirme la sangre, como cada vez que me daba la impresión de que me tomaban por guiri, a lo mejor en el fondo es algo completamente inevitable pero para mí también lo era, inevitable, reaccionar de esa manera. Como a pesar de todo me salía más barato pagar la tasa que perder los billetes y pagar otros con otra compañía, de esas que sabes a la hora que salen cuando ya no quedan asientos libres, me la envainé y pagué. A pesar de la “nueva tasa por facturación de equipaje” seguíamos pensando que la comodidad del coche y la seguridad seguían siendo razonables por el precio pagado. El coche contaba con todas las medidas de seguridad de los autobuses últimos modelos: cinturones, barras antivuelco, airbags… y toda esa retahíla, además los asientos era cómodos, espaciosos y no te chocabas con las rodillas en el asiento de delante, como digo de entrada un autobús estupendo, con lo que no contábamos era con las “habilidades extras” de nuestro piloto, y es que el buen señor que se encontraba a los mandos era de todo menos buen conductor. En las casi seis horas que duró el trayecto temí más por nuestras vidas que en el resto de los meses que tuve la oportunidad de viajar por carretera en Marruecos. El “conductor de primera” nos deleitó durante todo el trayecto con adelantamientos en curvas sin visibilidad, velocidad excesiva en carreteras que tenían el piso en pésimas condiciones y, como guinda del pastel y en más de una ocasión,  adelantamientos en línea continua cuando venían vehículos en dirección contraria, desde un tractor hasta un camión con remolque en una de las ocasiones, lo dicho un auténtico kamikaze al volante.

Como os he comentado, seis horas después de salir de Essaouira entrábamos en la ciudad de Casablanca. He de reconocer que, a causa del movido viaje, no llegaba de buen ánimo a la ciudad y la verdad es que la ciudad tampoco iba a darme muchos motivos para cambiar mi estado.
 
Uno de los motivos de la parada en la ciudad era visitar el mítico café de la película.
Casablanca es la ciudad más importante de Marruecos, a pesar de que la capital sea Rabat. Además de ser la ciudad más grande y más poblada del país en Casablanca, tienen su sede todas las grandes industrias nacionales, así como muchas multinacionales que operan en el país magrebí. Estéticamente es una ciudad más cosmopolita, más occidentalizada, que muchas de las otras ciudades importantes del reino alauita, sin perder sus señas de identidad propia, sobre todo en materia religiosa, Casablanca está concebida como una gran ciudad comercial en la que los grandes edificios de oficinas y de viviendas copan el skyline de la misma. Entre otras curiosidades en la ciudad se encuentra el centro comercial más grande de todo el continente africano, Moroccomall. Entre los barrios o zonas más destacadas de la ciudad se encuentra La corniche, lo que vendría a ser el paseo marítimo, en el que se suceden a ambos lados de la calle bares, comercios y discotecas, muy occidentalizados, donde los habitantes de la antigua Anfa dan rienda suelta a sus placeres.

Si yo mido 1'85 esa torre mide....
El motivo por el que para nosotros era motivo de parada poco o nada tenía que ver con eso, básicamente eran dos: el mito de la película de Michael Curtiz y la Mezquita Hassan II. Respecto del primero de los motivos, decir que la película sólo tiene relación con la ciudad por el nombre, puesto que el ambiente que se describe en la misma, decadente y canalla, es el ambiente que se vivía en Tánger durante la época de la ciudad internacional, principios de los años 40, cuando en la ciudad, bajo condominio de Bélgica, España, Estados Unidos, Francia, Países Bajos, Portugal, Italia, el Reino Unido y la U.R.S.S, se daban cita toda una serie de ladrones, tramposos y apátridas, que forjaron la leyenda negra de la misma, de hecho el rodaje de la película tuvo como escenario el Hotel Minzah de Tánger, que era en la película el café propiedad de Rick, Humphrey Bogart, en el que Sam al piano deleitaba con los acordes del “As times goes by”. No obstante en la ciudad de Casablanca, aprovechando la leyenda de la película, hay una reproducción, más o menos fiel, del Rick’s Café, en la que entre los atractivos que ofrece se encuentra  una pequeña sala donde reproducen la película una y otra vez en versión original. Yo, como mitómano de la película que soy, allí me dirigí para tomarme algo y poder telefonear a mi padre, quien me habló por primera vez del film, para decirle que había tenido la oportunidad de hacerlo, pero al llegar a la puerta del establecimiento el responsable de la entrada me dijo que no iba vestido de manera propia para entrar, mi gozo en un pozo, al ver la decepción en mi cara el hombre se apiadó de mí y me preguntó que si tenía intención de cenar allí y le dije que no que sólo iba a tomar algo y que ya había dicho a mi padre que lo haría y que era una decepción no poder hacerlo, el hombre me miró y me dijo que en ese caso podía entrar y hacer realidad mi deseo, y allí me colé a tomarme una cerveza, a precio de oro, mientras veíamos la película.

Allí estaba yo, tomando una cerveza y viendo la película en el Rick's Café.
El segundo de los motivos por los que parábamos en Dar Beida, era poder visitar la Mezquita de Hassan II, única mezquita de todo Marruecos abierta al público infiel. La mezquita, erigida en honor al padre del actual rey Mohamed VI, es una construcción extraordinaria tanto por el tamaño del edificio como por el lujo de detalles que se contienen en su interior. Construída en una superficie ganada al mar, puede dar cabida a unos cien mil fieles, el techo de la mezquita es móvil, en su interior hay baños turcos y hammans. La altura del edificio, unos doscientos metros, lo convierten en uno de los templos más grandes del mundo y en el segundo edificio más grande del Islam, tan sólo por detrás de La Meca. En su construcción participaron miles de obreros, y los mejores artesanos de cada especialidad del país se desplazaron hasta allí para trabajar en la faraónica oba, que curiosamente fue subvencionada con el dinero destinado a la ayuda a los pobres marroquíes, pues según el antiguo rey, al que está dedicado el edificio, en su país no había pobres.

La Mezquita Hassan II, toda una obra de ingeniería a costa de los más pobres del país.
Mañana vuelvo y os cuento más cosas sobre la ciudad y el viaje, que ya daba sus últimos coletazos.



Un abrazo muy fuerte para todos y SED FELICES!!!

martes, 30 de julio de 2013

Dejarse llevar



Superado el ajetreo inicial a la llegada a la ciudad, superada la primera barrera de “agentes turísticos” que atosigan al bajar del autobús para llevarte a sus maravillosos establecimientos, al adentrarte por el enmarañado nudo de callejones de la medina de Essaouira uno puede perderse con una facilidad pasmosa, pero en esos casos siempre aparecerá un guía improvisado que te acompañará hasta el lugar que tú estés buscando, siempre a cambio de la propina de rigor, en nuestro caso no fue distinto y uno de esos gentiles acompañantes nos llevó hasta la puerta de nuestro alojamiento.

Como contaba el otro día después de la llegada del desierto no había nada previsto y quedaba todo a la improvisación y al dejarse llevar por las situaciones y por los lugares que visitásemos, por lo que no sabíamos cuánto tiempo nos quedaríamos en la ciudad. Una vez refrescados e instalados, decidimos salir a conocer la ciudad y a dejarnos invadir por el encanto de esta ciudad de la costa atlántica marroquí.

Pasear al atardecer por la playa fue nuestra primera parada.

Nada más salir a la calle, el bullir de gente denotaba que algo muy importante estaba pasando en la ciudad, el Festival Gnaoua y de Músicas del mundo atrae a la ciudad anualmente a miles de personas que atraídas por el ambiente y el ritmo de la música hacen de la ciudad un lugar de encuentro para gente venida de muchos puntos de África que comparten una manera de entender la vida.

Y es que esos días, no sé si debido al festival o si debido a la manera de ser en sí de la gente de Essaouira, el ambiente no tenía nada que ver con el del resto de lugares de Marruecos que yo había conocido hasta el momento. Un tono desenfadado, alegre, abierto, festivo… lo impregnaba todo y mostraba una cara más amable que la de otros lugares que había visitado.

Las calles de la ciudad estaban atestadas de gente de toda procedencia, turistas de todo el mundo coincidían allí esos días, a propósito o por casualidad, con los participantes del evento, dando un colorido sin igual  a las calles de la vieja ciudad pesquera. Los puestos de artesanía se sucedían a lo largo de las principales calles de la medina confundiéndose con los puestos a los que a diario acuden los habitantes de la ciudad a abastecerse de lo necesario para vivir. Cualquier esquina o cualquier rincón en los callejones se convertía de repente en un concierto improvisado en el que los músicos deleitaban a los espectadores con los ritmos de la percusión y la danza que dan ese carácter casi trascendental a la música gnaoua.

Detalle de la Skala
No obstante la primera tarde, tal vez saturados del viaje y de la locura de la salida de Marrakech, decidimos salir un poco del bullicio festivalero y dejarnos llevar por la tranquilidad de la playa. Y es que es una auténtica gozada dar un paseo por la playa al caer la tarde y deleitarse contemplando la puesta de sol caminando con los pies por el agua, de fondo a lo lejos sonaban ya los primeros conciertos del festival, pero en aquel momento la tranquilidad y la calma que ofrecía el paseo por la playa era justo lo que necesitaba para saborear y paladear todos los instantes que habían ocurrido durante nuestro periplo y quedarse hipnotizados con las vistas de la playa, en la que por causa del fuerte viento que suele soplar y las corrientes marinas hacen que si bien sea un lugar de referencia para los amantes del surf, en todas sus modalidades, esté terminantemente prohibido bañarse, aunque si uno decide arriesgarse nadie vaya a impedírselo.

Vista de la Isla de Mogador y del puerto.
De regreso del paseo, decidimos dejarnos llevar por el ambiente y asistir a uno de los conciertos que estaban programados en una de las plazas de la ciudad. Es bastante curioso, para un neófito como yo, acercarse al mundo gnaoua pues, como ya he comentado, es una música repetitiva basada fundamentalmente en la percusión: tambores, castañuelas, timbales… en la que tanto los que tocan los instrumentos como los que danzan al son del ritmo marcado lo hacen hasta casi entrar en trance, ciertamente es un ritmo repetitivo pero que va en aumento. Originariamente era una música de esclavos que de esa manera entraban en contacto con la religión y que se cree que a través de esa forma de manifestación religiosa podían curar y sanar. Estéticamente el concepto gnaoua está asociado al colorido de las vestimentas de quienes lo practican, llama mucho la atención también los collares y detalles decorativos que llevan, hechos fundamentalmente con conchas. La experiencia fue ciertamente sorprendente por la intensidad con la que, tanto artistas y público, viven cada canción de las que interpretan en los conciertos.

Las vistas desde la terraza, lo mejor del desayuno.
A la mañana siguiente, después de un desayuno con unas vistas inmejorables de la playa de Essaouira, decidimos salir a conocer mejor la costa y, si la ocasión lo permitía, darnos un refrescante baño en las aguas del Atlántico. Y así fue tras recorrer toda la playa de la ciudad, declinando en varias ocasiones las ofertas para aprender a surfear, llegamos hasta un recodo junto a una roca donde el agua hacía una especie de remanso y no había riesgo de ser engullido por la corriente. Al llegar al lugar, bastante retirado de la ciudad justo en frente de la isla en la que viven los famosos halcones de Eleonora, un amable señor nos preguntó si queríamos algún tipo de ayuda para conseguir entrar en trance, tal y como habíamos visto entrar en trance a los músicos la noche antes, nos quedamos un poco sorprendidos y declinamos la oferta, en otros lugares de Marruecos nos habían hecho ofertas similares pero aquella era cuando menos inesperada, por el momento del día, media mañana, y por el lugar, un recodo en una piedra en mitad de la nada en una playa.

Isla de Mogador vista desde "la roca de los porros".
Pasado un rato de baño y relax, en el que a pesar de la calma del agua el viento soplaba con fuerza y hacía las delicias de los que practicaban surf a lo lejos, volvimos sobre nuestros pasos para regresar a la ciudad y seguir conociendo los rincones que ofrecía, al pasar por el lugar en el que nuestro inesperado “gurú” nos había asaltado comprobamos que ya eran varios los que en ese momento habían decidido entrar en contacto con el mundo de lo místico, y gracias a la ayuda prestada, previo importe imagino, por el señor estaban ya viviendo una experiencia extrasensorial, en ese momento decidí poner nombre al paraje que acabábamos de visitar: La roca de los porros.

La muralla de la ciudad, escenario de la serie Game of thrones.
A la vuelta a la ciudad decidimos perdernos por todos los rincones que ofrece la ciudad, desde el mellah hasta la Skala, famosa por su aparición en la serie Game of thrones, siguiendo el contorno marcado por las murallas, en perfecto estado de conservación. Por cada calle que pasábamos, encontrábamos algún elemento del festival que impregnaba esos días el ambiente con el colorido y el toque festivo que daban a Essaouira, ese toque tan atractivo.

Al final lo que iba a ser una parada rápida y continuar se convirtió en dos días completos para dejarse llevar, entrar en trance por qué no, por el ritmo y el ambiente de la ciudad, dos días para conocer un lugar peculiar y digno de ser visitado, aunque durante todo el año imagino que también, pero sobretodo en los días en los que los gnaouitas toman la ciudad.

Un abrazo fuerte a todos y, al ritmo de la música gnaoua, SED FELICES!!!!